Las tres batallas de Puebla… Pedro Miguel.

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Pedro Miguel
Se me fue el día y no había podido subir este rollito sobre las batallas de Puebla.
Porque fueron tres: la del 5 de mayo de 1862, en la que el agresor extranjero fue derrotado, la que tuvo lugar entre marzo y mayo del año siguiente, en la que las fuerzas mexicanas fueron vencidas, y la de abril de 1867, cuando los últimos reductos conservadores fueron vencidos por las fuerzas de la república restaurada.
La resistencia de México ante la agresión del imperio de Luis Bonaparte, auspiciada por los conservadores locales (antecesores de quienes hoy ruegan por políticas injerencistas de Washington contra la Cuarta Transformación) es heroica en la victoria y doblemente heroica en la derrota.
Recordemos: el 5 de mayo de 1862 las tropas mal armadas y peor pertrechadas que comandaba el general Ignacio Zaragoza, respaldadas por milicias populares, propinaron una severa derrota a las fuerzas que se consideraban las mejores del mundo.
El ejército invasor se retiró a Veracruz, a donde llegaron dos divisiones de refuerzo procedentes de Francia, para sumar un total de 28 mil efectivos. A ellos se sumaron siete mil mexicanos bajo las órdenes de Juan Nepomuceno Almonte y Leonardo Márquez.
Esa formidable fuerza se puso en marcha a inicios de marzo del año siguiente para sitiar Puebla. Zaragoza había muerto de tifus y fue remplazado por el general Jesús González Ortega, quien organizó la defensa de la ciudad, auxiliado por Felipe Berriozábal, Porfirio Díaz, Miguel Negrete y otros militares juaristas.
El 19 de marzo de 1863 empezó el asalto de los invasores y sus aliados locales, apoyados por una poderosa artillería. Aunque desde los primeros días lograron tomar el fuerte de San Javier, no pudieron avanzar gran cosa dentro de la ciudad.
La batalla se fue convirtiendo en una lucha “cuadra por cuadra, casa por casa, piso por piso, cuarto por cuarto, y por eso, porque muchas veces el enemigo estaba del otro lado de la calle y se disparaba de una puerta a otra, de una ventana a otra, se quedaban los cuerpos de los que habían muerto a mitad de la calle” (Fernando del Paso, en “Noticias del Imperio”).
Era tan exasperante la resistencia de los mexicanos que los agresores llegaron a pensar en abandonar la idea de tomar Puebla y avanzar directamente a la Ciudad de México. Pero los disuadió el deseo de vengar la humillación sufrida el 5 de mayo del año anterior.
El hambre y la falta de municiones hicieron estragos entre los defensores de la ciudad. Así, a principios de mayo, después de 50 días de feroces combates, mi general Ignacio Comonfort intentó, sin éxito, romper el cerco para dotarse de provisiones y pertrechos.
El 17 de mayo, tras realizar un Consejo de Guerra, los defensores de Puebla consideraron que no tenía sentido prolongar la resistencia y rindieron la plaza. De los 21 mil soldados que habían conformado el Ejército de Oriente, sólo quedaban vivos unos ocho mil.
La ciudad había quedado reducida a escombros por los intensos bombardeos de la artillería invasora. Las torres campanarias de a catedral fueron de las pocas estructuras que no resultaron afectadas por la acción de los cañones franceses.
Todos ellos fueron apresados y la mayoría fueron obligados a combatir bajo las órdenes de los vendepatrias. Otros dos mil fueron rebajados a un régimen de virtual esclavitud al servicio de los invasores.
Los 228 oficiales que se rindieron ante el mariscal francés Frédéric Forey parecían esqueletos vivientes y estaban prácticamente desnudos porque sus uniformes se caían a pedazos. Ninguno aceptó firmar el compromiso de no volver a tomar las armas contra el imperio francés.
Todos fueron hechos prisioneros con el propósito de llevarlos a Veracruz y embarcarlos hacia Francia y La Martinica, pero muchos se fugaron en el viaje al puerto –como los generales González Ortega, Mariano Escobedo, Porfirio Díaz y Manuel Negrete– y sólo 110 de los reos pudieron ser embarcados. Uno a uno, los integrantes de esa oficialidad heroica se fueron reintegrando a la lucha armada contra el invasor y sus cómplices nacionales.
Casi cuatro años más tarde, el 2 de abril de 1867, el Ejército de Oriente entró triunfante a la ciudad de Puebla.
Cuando se pierde la esperanza, siempre queda el sentido del deber.
(Foto: la ciudad de Puebla, tras dos meses de bombardeos franceses. Archivo INAH)
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