Con Peña la televisión dejó de servir al poder para convertirse ella misma en el poder.

Desde dónde escribo

EPIGMENIO IBARRA

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No pertenezco a ningún partido, pero nunca he dejado de tomar partido. Si se trata de poner fin a la historia de guerra, corrupción e impunidad en mi país, yo he de estar al lado y he de alzar mi voz con quienes por eso luchan.

Si bien en mi juventud trabajé en medios públicos y parte del conflicto en El Salvador fui corresponsal de Notimex, no he recibido ni recibiré jamás un solo centavo de este gobierno.

No ostento cargo alguno ni pretendo obtener favores de la actual administración. Apoyo el esfuerzo para transformar a México y a Andrés Manuel López Obrador. Lo hago por convicción, por principios.

No he sido neutral. soy, nunca Si con la cámara al hombro realizo labor de reportero, me someto a una única dictadura: la de los hechos. Si escribo una columna, lo hago desde lo que creo y lo que pienso.

No soy un “ferviente seguidor” de AMLO. Me considero su compañero —junto con millones de mexicanas y mexicanos más— en la empresa ineludible y urgente de sanar a este país.

Me indigna la simulación de esos columnistas y comentaristas de noticias de radio y televisión que recibieron dinero del régimen corrupto y que no son, aunque lo presuman, objetivos. Sus columnas expresan su ideología conservadora, sus fobias.

Realizan todos los días una labor de zapa. Sin el menor recato, hacen eco de mentiras e injurias. Dicen y escriben hoy lo que les da la gana; algo que, serviles y sumisos, nunca hicieron en el pasado. Nadie en el gobierno los persigue, nadie, tampoco, les paga. No son, pues, mártires de la libertad de expresión.

El lastre más pesado para la democracia ha sido el amasiato entre poder y medios. El régimen se sostuvo gracias a la complicidad de periodistas que se vendieron, y medios que se convirtieron en espejo de los gobernantes corruptos.

La prensa —salvo honrosas excepciones— nos vendió una imagen distorsionada del país, calló ante los crímenes del régimen autoritario, ocultó o justificó sus errores, destruyó —lo intentó al menos— a quienes se oponían al saqueo y la masacre. Nos hizo comulgar con ruedas de molino.

Vicente Fox luego de conquistar el poder, abdicó al mismo. Se arrodilló frente al PRI, al que entregó el país, y ante la televisión que le vendió la idea de llevar a su esposa a la Presidencia.

Felipe Calderón se postró también ante los medios de comunicación. Con ellos urdió la coartada para imponernos su guerra que nos costo en solo 12 años 250 mil muertos, 40 mil desparecidos y más de un millón de víctimas.

Con Enrique Peña Nieto la televisión dejó de servir al poder para convertirse ella misma en el poder. Este asalto a Los Pinos produjo ríos de sangre, una desigualdad social nunca antes vista y el saqueo de lo poco que habían dejado.

Esta historia de complicidad y sumisión recíproca entre poder y medios ha terminado. Debe terminar también la simulación. La democracia exige un debate abierto, continuo y duro pero sin máscaras ni coartadas. El viejo régimen —para sobrevivir— ha lanzado a sus voceros en los medios a luchar en su defensa e impedir que México cambie.

Yo, por mi parte, que sé desde dónde y por qué escribo, estoy por la transformación profunda, radical, irreversible de mi país. Usted que me lee tiene derecho a saberlo.

@epigmenioibarra

Esta entrada fue publicada en Banqueros y otras Ratas, General, México S.A., Taravisa, Televisa Narca. Guarda el enlace permanente.

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