Apoteosis josealfredista en la feria de Pamplona

Apoteosis josealfredista en la feria de Pamplona

 
José Cueli

Cuando Federico García Lorca hablaba del llanto por la muerte del torero Ignacio Sánchez Mejías, hablaba del toro como el símbolo más claro, más andaluz, más cargado de imágenes del demonio sobre la naturaleza, pero Federico no se refería en su poesía para nada a la mayoría de los toros que aparecen por las puertas de toriles de las plazas del mundo.

Seguramente se refería a los toros –Escobar, Cevada Gago– que esta semana corretearon por las calles y ruedos pamplonicas. Toros por los que la muerte rondaba por el País Vasco. La carne se enchinaba al ver las embestidas de las llamadas corridas duras y se encogerá al ver el fin de semana a los Victorinos, Miura. La guitarra lloraba entre requintos y requintos la música de nuestro José Alfredo Jiménez. Se acabaron los oles y las faenas repetidas hasta la aburrición. Los toreros se quedaban a oscuras como predicción de cornadas a pesar del brillante sol que acompañaba a los festejos.

Se terminaron los oles para dar paso a la pieza alfredista de El rey. Un nuevo toreo descubierto por el público pamplonica. Se acabaron los pases ligados, las verónicas marcando los tiempos y rematadas con la media verónica, las chicuelinas y los interminables derechazos. Aguantar las tarascadas de los bureles y moverse de lugar so pretexto de irse a la enfermería.

Toros que fijaban su fuerza en un acometer tirando cornadas que simbolizaba el peligro de morir. Nada más sobrecogedor que la muerte. La que es el testimonio de lo que somos, la muerte una emoción tan grande que se vuelve irrepresentable. En la plaza la apoteosis de José Alfredo por salirse de lo escrito, los límites y gritar una muerte en una plaza de toros llamada Pamplona. La muerte se presentaba en el ruedo con la espectacularidad que le da su vibración como pocas veces se siente. Ninguna muerte tan natural como la que ocurre en los ruedos a la vista del que la quiere ver. La naturalidad con que se acepta fomenta el hecho de que los diestros pueden morir. Hace un mes la muerte de un torero vasco.

Y es que en vez de oles, y torero, torero durante todas las corridas de la feria la gente cantaba El rey: Con dinero y sin dinero/ hago siempre lo que quiero/ y mi palabra es la ley./ No tengo trono ni reina/ ni nadie que me comprenda/ pero sigo siendo el rey…/ Una piedra del camino/ me enseñó que mi destino/ era rodar y rodar/ Después me dijo un arriero/ que no hay que llegar primero/ pero hay que saber llegar…

Cómo retumbaba en el coso el pero sigo siendo el rey en la feria que ha implicado la apoteosis de nuestro José Alfredo en el toreo y las carreras de los encierros por las calles pamplonicas.

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