Que nueve años no es nada…

Que nueve años no es nada…

León Bendesky

Para mucha gente en el mundo los nueve años pasados, después de que estalló la crisis financiera de 2008, han sido un periodo muy largo. No puede decirse, a la manera del famoso tango, que Nueve años no es nada.

Ahora, apenas, Mario Draghi, el presidente del Banco Central Europeo, sugiere que en la economía de la región del euro hay signos de una recuperación que pudiera sostenerse.

La crisis ha sido de gran calado por su impacto negativo sobre el empleo, los ingresos y la precariedad del trabajo y, en general, en la condiciones de vida de millones de personas.

Muchos perdieron la propiedad de las viviendas, redujeron su capacidad de ingreso a los servicios sociales como la salud y la educación, así como la posibilidad de recibir una pensión, menos aun una que sea suficiente.

Y, algo que no puede cuantificarse, pero que no puede eludirse en las consideraciones sobre este proceso, es la pérdida de oportunidades para muchos, especialmente los jóvenes.

Grecia es la expresión fehaciente, que no única, de estas circunstancias y todavía está sumida en el ajuste que es económico, según se presenta en publico, pero que inherentemente social.

La contraparte de esto es la gestión de las finanzas públicas, primero en cuanto a la acumulación de la deuda de los bancos centrales que, finalmente, recaen en las cuentas públicas, las que a su vez, acaban pagando ineludiblemente los ciudadanos.

Esta es la situación en la que están la Reserva Federal de Estados Unidos, (Fed) el Banco de Inglaterra (BoE) el Banco Central Europeo (BCE) por señalar a las economías más desarrolladas. En ellas se gestó una política monetaria no convencional centrada en la enorme expansión de la liquidez (el aumento de la cantidad de dinero) que provocó una reducción de las tasas de interés de referencia para el sistema financiero y que, en algunos casos, son ahora negativas.

La medición convencional de la actividad económica, es decir, de lo que se produce, del ingreso que se genera y del empleo que se crea, está hoy ampliamente cuestionada. Pero además no da cuenta, pues simplemente no está diseñado para eso de las repercusiones sociales de la crisis. La distribución del producto se ha sesgado hacia la parte de arriba, y es hoy más desigual.

En cuanto a la política monetaria, los bancos centrales buscan salir de la trampa de los intereses tan bajos, pues constriñe su función reguladora del crédito. Además, tienen que ajustar su balance reduciendo la deuda que han acumulado mediante la compra masiva de bonos en el mercado (en el caso de la FED esta deuda acumula tres trillones de dólares); lo mismo ocurre en el caso de Europa y de Gran Bretaña.

Pues Draghi ha dicho hace unos días que en virtud de la recuperación observada podría el BCE iniciar el aumento de las tasas de interés. Fue secundado por Mark Carney, el gobernador del BoE. La presidente de la Fed, Janet Yellen, ya inició la subida.

De inmediato hubo reacción en los mercados. Ante la mera perspectiva de tales aumentos los capitales salieron de la deuda pública, puesto que a mayor tasa de interés es menor el precio de los bonos gubernamentales y buscan deshacerse de ellos. Los mercados de acciones subieron y la demanda por euros también pues ahora tendrían un mayor rendimiento.

La crisis de 2008 se desató por los excesos especulativos, que es la forma esencial en que se suscitan las crisis. Pero éstos no se apaciguaron ni un ápice por parte de los grandes bancos de inversión y, sobre todo, los fondos de coberturas (hedge funds). Estas empresas movilizan billones de dólares diariamente y a una velocidad vertiginosa para aprovechar las mínimas variaciones en los precios y los rendimientos de los activos financieros. Estos movimientos se extienden a otros mercados, como el inmobiliario.

Todo esto tiene un efecto en las condiciones que definen la decisiones de inversión productiva, las corrientes del comercio, los flujos de capital entre distintas monedas (incluyendo al peso mexicano) y la cantidad de crédito en una economía. Aunque todo esto parezca lejano de las condiciones en las que vive la gente, tienen una repercusión más directa de lo que pueda parecer.

La vuelta a la normalidad en la gestión monetaria y su impacto en las cuentas fiscales, mediante el aumento de las tasas de interés provocarán nuevas formas de ajuste en la economía con efectos diferenciados en la configuración social.

El periódico Financial Times se refirió a las declaraciones de Draghi de modo lapidario. Señaló que cometió el típico error de los eternamente optimistas oficiales electos en todo el espacio de Eurolandia.

Las palabras de Draghi coincidieron con la quiebra de dos bancos en Italia, su propio país. Estas quiebras requerirán de recursos públicos adicionales para enfrentarla. Esto sucede a nueve años de distancia de aquel septiembre de 2008. Ocurrió también hace unas semanas en España.

Tal optimismo se refiere, primero, a las condiciones reales para una recuperación sostenida de la producción y del empleo en la región. Además, tiene que ver con las reacciones de los operadores en los mercados financieros y las nuevas distorsiones en la asignación de los recursos para la inversión entre los usos productivos y los dirigidos a la especulación.

La trampa de los bajas tasas de interés es un asunto clave de la política pública. No será barato salir de ella.

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