Aumenta ingreso público… Cae inversión pública 23% — Gobierno: menos con más

México SA

Aumenta ingreso público

Cae inversión pública 23%

Gobierno: menos con más

Carlos Fernández-Vega

El gobierno federal se niega a alterar la dinámica que lo ha caracterizado –como a las administraciones anteriores– a lo largo del sexenio y que ha generado pésimos resultados económicos. El ingreso público se incrementa en términos reales, supera las propias previsiones oficiales y se presume como logro. Pero esa creciente captación se destina a lo de siempre: al mantenimiento de un enorme aparato burocrático improductivo al tiempo que se abate el de por sí menguado nivel de inversión gubernamental.

¿Resultado? El voluminoso aparato de gobierno cada día hace menos con más (es decir, lo contrario de la fórmula prometida en tiempos de campaña electoral) y el México real resiente los efectos negativos que se traducen en ausencia de crecimiento y desarrollo, algo, dicho sea de paso, que ha sido la ostentosa asignatura pendiente en las últimas tres décadas y media, o lo que es lo mismo, de los últimos seis gobiernos (cuatro tricolores, dos blanquiazules).

Las cifras oficiales más recientes dan cuenta de que en el periodo enero-mayo de 2017 los ingresos presupuestarios se incrementaron 7.9 por ciento en términos reales (ya descontada la inflación), con respecto a lo recaudado en igual lapso de 2016. En líquido tal proporción equivale a la captación adicional (con respecto a lo programado) de 172 mil millones de pesos, en números cerrados, de acuerdo con el Centro de Estudios de las Finanzas Públicas (CEFP) de la Cámara de Diputados.

Por cierto, llama la atención el aumento de los ingresos petroleros en el periodo: casi 82 mil millones de pesos (23 por ciento en términos reales), con todo y el desplome internacional de los precios del oro negro y las no pocas vicisitudes que registra la ahora denominada empresa productiva del Estado.

Esa es la parte positiva, pero el agravio a quienes –quiéranlo o no– aportan los dineros (los causantes) se registra a la hora de constatar cómo el gobierno dilapida el ingreso, tanto el presupuestado como el adicional. Ello, porque a la hora de desmenuzar el logro se documenta que de cada peso de gasto programable casi 83 centavos se canalizan a gasto corriente, en el que la palma se la lleva el rubro de servicios personales.

En cambio, el renglón que obligadamente merece toda la atención (la inversión productiva que genera riqueza adicional para el país y sus habitantes) se mantiene en el suelo y registra caídas de dos dígitos. Así, de cada peso captado apenas 17 centavos se destinan a la citada actividad, la cual, en los primeros cinco meses de 2017, reportó un desplome de casi 21 por ciento, resultado que no hace otra cosa más que confirmar el desastre en este renglón de las últimas seis administraciones gubernamentales.

Recuérdese que el Instituto para el Desarrollo Industrial y el Crecimiento Económico (IDIC) ha documentado que “entre 1980 y 1989 la inversión pública disminuyó a la mitad en términos reales; de 1993 a 2015 registró una tasa promedio negativa de –0.1 por ciento, y hoy se invierte no sólo menos que en 1993, sino la mitad de lo que se realizaba en 1980. Sin inversión no hay crecimiento, y es claro que durante los pasados 35 años la parte pública dejó de cumplir su parte”.

El gobierno, pues, inexistente en una sus funciones no sólo prioritarias sino constitucionales –la generación de mayor riqueza para la nación, de crecimiento y el desarrollo–, pero omnipresente en asuntos donde nadie lo llama ni lo necesita. El indiscriminado uso de recursos públicos (léase la dilapidación total) ha tenido un efecto verdaderamente lesivo para México y los mexicanos. Sólo hay que acordarse de lo que Fox y Calderón hicieron con los voluminosos excedentes petroleros, con históricos precios internacionales. ¿Dónde quedaron? En la fiesta, el compadrazgo y la frivolidad, y las consecuencias son por todos padecidas. Entonces, euforia oficial por la mayor captación favorable al erario, pero los mexicanos –que son los que pagan– cada día reciben menos, mientras el país cae escalón tras escalón.

En los primeros cinco meses de 2017 de las arcas nacionales salieron 427 mil millones de pesos para el pago de servicios personales (en prestaciones 100 mil millones adicionales), y a ese ritmo cerrará el año con un gasto superior a un billón 110 mil millones. A los mexicanos la burocracia les cuesta algo así como 2 mil 847 millones de pesos por día –sábados, domingos y días festivos incluidos–, o si se prefiere 118 millones y pico por hora, y tiene uno de los peores y más corruptos servicios gubernamentales del mundo. En cambio, la inversión gubernamental no sólo es cada vez menor, sino profundamente ineficiente, amén de estar ligada a un escandaloso circuito de corrupción y ­sobreprecios.

Crece la captación, pero cae el gasto en sectores oficialmente reconocidos como prioritarios y estratégicos. De acuerdo con las cifras del CEFP, entre enero y mayo de 2017 el destinado a desarrollo social registró un descenso cercano a mil 900 millones de pesos (4 por ciento en términos reales), mientras el destinado a la educación pública se redujo en más de mil 700 millones (1.4 por ciento), el canalizado a comunicaciones y transportes se abatió cerca de 3 mil millones (casi 9 por ciento) y el del campo en alrededor de 8 mil millones (alrededor de 28 por ciento).

En cambio, se elevó el destinado a gobernación (21 por ciento, equivalente a 5 mil millones de pesos), marina (9.7 por ciento o mil 40 millones), turismo (112 por ciento o mil 728 millones) y energía (205 por ciento o 2 mil 473 millones). Este último renglón es de considerar, porque la promesa oficial fue que con la reforma energética los dineros provendrían de los nuevos inversionistas que al país traerían carretadas de dinero fresco. En los hechos, cuando menos hasta ahora, los dineros han salido del erario.

Por cierto, el costo financiero de la deuda pública (pago de intereses, fundamentalmente) le significó al erario una salida superior a 143 mil millones de pesos, a razón diaria promedio de casi mil millones de pesos, o si se prefiere el equivalente a la mitad del presupuesto destinado a la educación pública.

Las rebanadas del pastel

Entonces, ¡felicidades!, se captan más recursos públicos –tributarios y no tributarios– por la reforma fiscal, pero el gobierno no deja de dilapidarlos. Cada día que transcurre los de por sí exprimidos mexicanos pagan más y más para recibir mucho menos, en la eterna espera de que un milagro guadalupano cambie la tendencia. Pero obvio es que no será por esa ruta como se logrará el urgente cambio que requiere el país.

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