La enseñanza de la historia

La enseñanza de la historia

Bernardo Bátiz V.
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Septiembre es un mes deremembranzas, de fechas importantes de la historia de México; se recuerda la Batalla de Churubusco, que ganaron los estadunidenses sólo porque López de Santa Anna mantuvo sus tropas lejos de la batalla que daban los regimientos de vecinos de la capital, sastres, operarios, abogados, artistas, de todas las clases sociales y el famoso batallón de San Patricio, formado por irlandeses que pelearon de nuestro lado; el día 13 se rememora la Batalla de Chapultepec en la misma injusta guerra, que se perdió por el poderío militar de nuestros vecinos y por actitudes de cobardía o de franca traición de algunos generales mexicanos.

La defensa del castillo en el cerro del Chapulín no debe olvidarse; varios cadetes, el batallón de San Blas y su jefe, el coronel tlaxcalteca Felipe Santiago Xicoténcatl, murieron ahí por defender nuestro honor patrio.

El 16 de septiembre es la principal fiesta nacional que celebramos en nuestro país, hay desfile militar en la capital y cívicos en todas las ciudades y pueblos de nuestro amplio territorio; recordamos al cura Miguel Hidalgo enarbolando el pendón de la Virgen de Guadalupe y tocando las campanas para invitar al pueblo a sacudirse el mal gobierno de los españoles y proclamar la independencia de México.

Son estos días propicios para recordar hechos que nos identifican como mexicanos; sin embargo, se dice insistentemente que hay un programa educativo, si así le podemos llamar, que pretende eliminar la materia de historia de los programas de las escuelas para dejar sólo en los planes de estudio materias prácticas que sirvan a los niños y jóvenes para prepararse para la vida, valga decir, si continúa el actual sistema económico, para sobrevivir. No sé si sea tan sólo un rumor, una premonición, o si en verdad en la Secretaría de Educación Pública tengan pensado ese desacierto; lo que vemos es que es una realidad la tendencia a suprimir las materias formativas, ética, lógica, filosofía de los programas de educación media, la historia y el civismo de la educación básica.

Cierto o no que ese despropósito responda a un plan o simplemente sea el resultado del ascenso al poder de generaciones (mal) educadas en el extranjero, lo palpable es que en la práctica se olvida cada vez más nuestra historia y, como bien se sabe, un pueblo sin historia es una pieza de caza fácil de capturar por sus depredadores. Saber quiénes somos, de dónde venimos, de qué podemos estar orgullosos, es un lazo de unión y de fortaleza nacional.

Requerimos sentimientos patrióticos, no soberbia ni xenofobia, pero sí sentido de pertenencia a un país orgulloso de su historia. Ciertamente no nos ha ido tan bien porque no hemos tenido desde hace mucho buenos gobernantes. Hay un gran pueblo; tenemos un territorio rico, costas, litorales, playas, bosques, minas y petróleo, pero no podemos disfrutar esas riquezas y ventajas a plenitud porque quienes han estado al frente en lo político y en lo económico han actuado con egoísmo, buscando beneficiarse sin que las riquezas que entre todos producimos bajen a las grandes mayorías.

Vivimos en una plutocracia; unos pocos arriba gobiernan para sus ventajas y sus riquezas y muchos pobres y marginados batallan día a día para sobrevivir.

Hay, sin duda, un despertar y esperanzas reales y tangibles de cambio, pero, además de las batallas políticas, debemos dar también las batallas culturales; los maestros de filosofía se organizan para defender sus disciplinas como fundamentales en la formación de los jóvenes; los historiadores recalcan la importancia del conocimiento del pasado, se difunde la lectura; no venimos de la nada, tenemos una historia rica y digna de recordar. En México se fundó la primera universidad del continente americano, la primera imprenta, la primera casa de ciencias, por ingenuidad, por inexperiencia; declarada la Independencia nos dejamos envolver por intrigantes extranjeros como Poinsett y otros que sembraron división y odios entre mexicanos y olvidamos nuestra grandeza.

Una nación es un pueblo que comparte una cultura y ésta se forma con la lengua nacional, en nuestro caso con las lenguas nacionales, con el recuerdo de la historia, con creencias y convicciones comunes y con pautas conceptuales y de comportamiento compartidas. Cuando estos lazos se aflojan, la nación pierde fuerza para defenderse y defender a sus integrantes.

Donald Trump vino a México a repetir insultos que profirió en nuestra contra en su tierra; el hecho lo vimos como una tontería de quien lo invitó y una desfachatez de él, pero, pensándolo bien, su desplante y la debilidad de quien nos dirige pueden servir para despertar nuestro orgullo.

Un amigo, Eduardo Martínez de la Vega y Gloria, decía en broma, pero no sin profundidad y razón, que recuperaríamos el territorio que se nos arrebató con la alianza para la reproducción; no andaba equivocado. Trump ya se dio cuenta y por eso nos odia, que, bueno, de algo servirá.

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