Electricidad y renovables: una cuarta

Electricidad y renovables: una cuarta

José Antonio Rojas Nieto
D

Debo agradecer al estudioso de los asuntos de energía y, más específicamente, de las fuentes renovables de energía Rafael Friedmann, sus observaciones a mis colaboraciones sobre electricidad y renovables en La Jornada. Quien fuera miembro del tradicional grupo de energía y recursos de Berkeley, hoy asesor estratégico de Pacific Gas & Electric Company (PG&E), me solicita en una primera observación prestar aún más atención a los resultados de los costos derivados de las subastas internacionales de energías renovables. Asegura que en múltiples ocasiones esos costos –parece que ya pasa en México– no reflejan los costos sociales de incorporar fuentes renovables en los sistemas eléctricos.

¿A qué se refiere el estimado Rafael? Lo ilustra con el cada vez más frecuente ejemplo de los hogares que instalan celdas fotovoltaicas en sus viviendas. Incluso con los casos –también cada vez más frecuentes– de parques industriales de energía solar. Asegura que es necesario integrar en los resultados de las licitaciones, la parte específica del costo de respaldo que les proporciona la red eléctrica pública para afrontar exitosamente su intermitencia y las limitadas formas de almacenamiento de su producción. No siempre o casi nunca se hace. También, sin duda, explicitar aún más los beneficios que las diversas formas descentralizadas de generación –la solar, entre ellas, pero también la eólica– proporcionan a los sistemas. ¿Cómo? Al proveer electricidad cerca de los centros de carga. Y apoyar la solución de los problemas de voltaje y frecuencia, entre otros, necesarios para la confiabilidad del suministro.

En tercer término solicita considerar que, al menos por el momento, las renovables tienen externalidades inferiores a las de los combustibles fósiles e, incluso, a las de la energía nuclear. Se refiere no sólo a emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). También a problemas vinculados con otros aspectos de la calidad del aire, del suelo y del agua. Su tesis es que las renovables tienden a ser menos nocivas que las fósiles. Y aquí pone el dedo en la llaga al indicar que la solución a múltiples problemas de salud pública derivados del uso de combustibles fósiles, es cargada al presupuesto público de salud. Raramente es asumida por los directamente responsables.

Y aunque no lo señala explícitamente, su reflexión orienta a reconocer que los impuestos incluidos en los precios no resuelven este problema. Es el caso –si se me permite decirlo otra vez– del impuesto a los combustibles fósiles aprobado hace dos años por el Congreso actual. Fue convertido por los nefastos cabildeos en un verdadero monstruo, donde –para sólo decir lo menos– al gas natural no se le aplica este impuesto. Pero regresando a las observaciones de Friedmann, también solicita exigir que en las evaluaciones de las subastas eléctricas en México se consideren dichos costos para no generar rentas ficticias, como en muchísimos otros ámbitos de la vida social. No hacerlo conduce a beneficiar artificialmente a particulares a costa de recursos de la sociedad. Ahora bien –permítaseme seguir con un aspecto en el que siempre ha insistido Rafael Friedmann–, la mayor penetración de fuentes renovables en la matriz energética no puede ser coartada para inhibir o desestimar el urgente impulso al ahorro y al uso más eficiente de la energía. Toda. Incluida la eléctrica que –nunca será ocioso repetirlo– resuelve menos de la quinta parte de las necesidades de energía final.

Actualmente 18 por ciento en México. Y 25 por ciento en Francia, donde 80 por ciento es de origen nuclear. Y esto para sólo dar dos ejemplos relativamente cercanos. En este marco no hay que olvidar que en México la producción de electricidad concentra poco más de 40 por ciento de la oferta interna de energía primaria. Por eso, es necesario insistir en una desiderata eléctrica permanente. Minimizar los requerimientos de energía primaria. Y maximizar su participación en las necesidades de energía final. A este respecto en diversos documentos Friedmann muestra la confrontación de la evolución del consumo de electricidad por habitante en California contra la evolución del consumo por habitante en todo Estados Unidos.

En la llamada coloquialmente cuarta economía del mundo este consumo por habitante está prácticamente detenido desde 1975 en 7 mil kilovatios hora (kWh) al año por habitante. En cambio en el resto de estados de la nación vecina del norte, este consumo apenas se detuvo en 2006 y 2007 en 13 mil kWh por habitante. Según datos del cuarto Informe presidencial, el consumo de electricidad por habitante en México no se ha detenido. Así, la suma de la generación anual de CFE, productores independientes y otros permisionarios (autoabastecedores, cogeneradores, pequeños productores, usos propios continuos, entre otros) dividida por el número de habitantes se expresa en un consumo por habitante del orden de 2 mil 400 kWh. A principio de los años sesenta este indicador era del orden de 300 kWh. Lo delicado del asunto no es su crecimiento, sino el hecho de que no hay ninguna señal de que el crecimiento de este indicador sea no sólo cada vez menor sino nulo. Incluso negativo, lo que sería importante señal de eficiencia. Y esto, efectivamente al margen de la mayor o menor participación de fuentes renovables, representa uno de los retos más delicados de nuestra sociedad actual.

¿Cómo incrementar sustancialmente nuestra eficiencia para hacer de nuestro consumo de electricidad por habitante un indicador de nuestro desarrollo sustentable? Aquí, sin duda, el investigador Friedmann nos formula una pregunta muy relevante. Sin duda.

Esta entrada fue publicada en Banqueros y otras Ratas, CFE, México S.A.. Guarda el enlace permanente.

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