El séptimo mandamiento

El séptimo mandamiento
Soledad Loaeza
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Las clases de catecismo están vacías. Ni siquiera en las universidades católicas se enseñan ya los 10 mandamientos, así que si los estudiantes desconocen el significado de la palabra plagio, no es de extrañar que tampoco sepan que el séptimo mandamiento ordena No robarás. El obispo se retrata con el gobernador que más deudas tiene con la justicia en este país, en vez de preguntarse por qué las capillas de sus universidades están oscuras y solitarias. Tampoco él parece recordar el séptimo mandamiento. No tiene ninguna misericordia con las mujeres que enfrentan dolorosos dilemas en relación con un embarazo no deseado, pero al señor gobernador bien que le perdona los pecados capitales que le han sido comprobados.

Si los padres de familia optan por una universidad católica es, entre otras razones, porque piensan que la pública es un nido de radicales (de izquierda, desde luego, porque los radicales de derecha se forman en la universidad privada), carentes de principios morales. Poco les importa que las bibliotecas tengan escasos visitantes, desde luego menos que las cafeterías de esas universidades, que rebosan de jóvenes que todas las mañanas se disfrazan de universitarios para ir a jugar dominó o hacer cola en la caja para pagar las materias que no cursan o las colegiaturas que son como los abonos del diploma de licenciatura que los acreditará como miembros de la élite mexicana. Entonces ahí, ¿qué aprenden? A ahorcar la mula de seises. También, que la universidad es una extensión de la preparatoria, que pueden seguir haciendo travesuras adolescentes, por ejemplo, cultivar su ingenio encontrando las maneras más divertidas de copiar en los exámenes, los atajos para obtener el título profesional. Me pregunto si son conscientes de que cuando platican sus hazañas escolares están describiendo su preparación para ser unos profesionistas bien mañosos. Total, serán una anécdota en su carrera hacia la Presidencia de la República. ¿Sólo eso? Es decir, tampoco aprenden el séptimo mandamiento.

Si de principios se trata, los padres de familia tendrían que preguntarse si no están gastando su dinero en vano, porque está visto que los tales principios no son una prioridad en esas universidades. Admito que la deshonestidad intelectual no es privativa de la universidad católica, pero la universidad pública reconoce al menos que es un problema grave que hay que atacar. ¿Dónde se formaron funcionarios y ciudadanos que han tomado el micrófono para ver el plagio como un asunto menor? ¿Acaso el séptimo mandamiento pesa más en el medio que los católicos repudian porque no tiene principiosque en las instituciones donde cada salón de clases está presidido por un crucifijo?

El secretario de Educación Pública se ha metido en un atolladero. Por una parte está en plena batalla con la CNTE porque ese movimiento rechaza la evaluación del magisterio que introduce la reforma educativa, pero, por otra, afirma que hay cosas mucho más importantes que la honestidad en la presentación de una tesis, que es el principal medio de evaluación de un estudiante que termina su formación profesional. ¿En qué quedamos? ¿Nada más es importante la evaluación de los maestros?

Disculpe usted, señor secretario, pero la tesis de licenciatura es muy importante porque, mire usted, permite evaluar al estudiante, saber si adquirió los conocimientos, el instrumental, la información que proporciona la educación universitaria. En la preparación de una tesis el estudiante pone en práctica su creatividad, su capacidad de comprender un problema, plantearlo, de estructurar argumentos, de reflexionar. El autor de una tesis muestra que entiende el vocabulario que utiliza, los autores que ha leído. En el trabajo de tesis razona, articula, redacta. Da prueba de que es un profesionista, aparte de la seriedad y la disciplina que demanda concentrarse seis meses en el estudio de un problema y otros seis en su análisis y discusión. Elaborar una tesis supone mucho más que saber leer y escribir, o copiar.

El plagio es un robo. Que muchos roben, como indica la reacción en las redes sociales, donde no pocos se pavonearon de haber hecho trampa en la escuela o en la universidad, no minimiza el problema, es una medida de su profundidad. ¿Qué tanto aprendieron del papa Francisco los obispos, las órdenes y los católicos mexicanos, que ni siquiera del séptimo mandamiento se acuerdan?

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